Shin-KOR 2: Capítulo 6

Capítulo 6

Madoka y Hikaru bajaron del coche tan pronto como llegaron a las ruinas de Teotihuacan.

Los rayos de la luna llena brillaban por todas partes. Usando esa luz, las dos mujeres encontraron el camino hacia el área de las pirámides.

Construida en el siglo segundo antes de Cristo por un pueblo llamado Teotihuacan, esta era la ciudad religiosa más grande de Latinoamérica. Los sacerdotes habían dominado la ciudad entonces, creando una sociedad en la cual todo giraba en torno a los líderes religiosos, con las clases guerrera y mercante bajo su completo control.

Para que los líderes religiosos llevasen a cabo los necesarios rituales religiosos con precisión, habían creado estas tres pirámides usando un gran derroche de conocimientos matemáticos y astronómicos, para que no hubiese el más mínimo error en su construcción.

Pero esta civilización se vio destruida en el siglo diecisiete, de forma muy parecida a la leyenda de Atlantis, y desapareció. Los Aztecas, que llegaron a esta región más tarde, protegieron la ciudad.

En medio de las ruinas había una calle principal que tenía cuatro kilómetros de largo, la cual los Aztecas denominaron la Calle de la Muerte.

Las pirámides estaban en localizaciones precisas con la Calle de la Muerte entre ellas. La pirámide del lado sur se llamaba la Pirámide de Quetzalcoatl; al norte de allí está la Pirámide del Sol; y al final de la calle, la Pirámide de la Luna. Quetzalcoatl significa 'serpiente alada'.

- Así que esta es la Pirámide del Sol.

Hikaru entró en la Calle de la Muerte y caminó hacia el museo frente a la pirámide de Quetzalcoatl. Miró a la Pirámide del Sol, la cual parecía tener varios kilómetros de altitud, y se quedó con la boca abierta.

Había todavía muchos enigmas alrededor de la perdida civilización de Atlantis, y mucha teoría entre los catedráticos. Algunos postulaban que los Teotihuacanos habían sido influenciados por la cultura de Atlantis.

Para Hikaru, por fin aquí, parecía en verdad estar en la tierra en la cual Atlas, el dios que se enamoró de una doncella, residió.

- Hikaru.

Madoka tocó la manga de su amiga, que había caminado sin rumbo fijo por la Calle de la Muerte, y la llevó de vuelta junto al museo.

Si Anita Brussel estaba mirando hacia abajo desde lo alto de la pirámide, nada, ni siquiera un pequeño animal como un gato habría escapado a su vista.

No había signos de presencia cerca del museo.

Pero en el escritorio del recepcionista del museo, un ordenador había sido abandonado. Esto será probablemente para que la información de las investigaciones pudiesen ser enviadas mediante Internet, incluso de noche.

En la pantalla, el Pato Donald estaba pintando el fondo. Era un salvapantallas animado*.

* Aquí Matsumoto usó la expresión 'anime screen saver'. Matsumoto usa la palabra anime aun cuando se trata de la Disney, no en el modo en que nosotros la usamos.

Cuando un monitor pone en pantalla la misma imagen mucho tiempo, esa imagen puede quemar el monitor. Por esta razón, varios salvapantallas se habían puesto de moda en los últimos años.

- Supongo que los fantasmas de la gente de hace mucho tiempo se sorprenderían al ver al Pato Donald -dijo Madoka juguetonamente.
- Oh, vamos, Madoka-san.

Las dos mujeres se rieron tan tranquilamente como pudieron, caminando junto al museo hacia la Pirámide del Sol.

Según Mónica, Anita había perdido por completo su cordura, y podría estar allí esperando sola. Pero también era posible que tuviese hombres preparados en el caso de que Shuri y Kyosuke intentasen escapar.

Por esta razón, Hikaru y Madoka habían considerado ir a la policía antes de venir aquí. Pero por otro lado, la policía mexicana podría tener su propio trabajo, también.

Así que no pudieron hacer nada sino venir ellas mismas a la Pirámide del Sol.

Pasado el museo, sólo había un pequeño muro, y nada más. Nada se escondía detrás.

Hikaru sacó la Baretta de su bolsillo.

- ...Hikaru... -comenzó Madoka.
- Madoka-san, sólo una cosa he aprendido viviendo en Nueva York.
- ¿Qué?
- Atrápalos antes de que atrapen a tí... y si te atrapan, devuélvesela -dijo Hikaru, y rió medio sin darse cuenta-. Tú me dijiste eso una vez, Madoka-san.
- No recuerdo que...
- No, lo dijiste, estoy segura. ¿Está mal por mi parte que recuerde algo así en un momento como este?

Hikaru comprobó la pistola.

- ¿Madoka-san?
- ¿Sí?
- No quiero tener que usar esto, pero... podría tener que usarla.
- Mm.
- Pero soy tan torpe. Madoka-san, ¿querrías llevarla tú por mí?
- De acuerdo. Yo la llevaré, Hikaru.

Pero justo entonces, la voz de los antiguos fantasmas que dormían en la vieja ciudad sonaron:

"¡Oh, bendita Era!"

- ¿Qué?

Hikaru estaba a punto de temblar de miedo.

Los ojos de Madoka se movieron hacia donde vino la voz. En uno de los peldaños de la Pirámide hacia donde miró había una pequeña muñeca.

- ¿Qué es eso? -preguntó Madoka.
- Madoka-san, es... es Shuri.
- ¿Qué?

La pirámide tenía 65 metros de alto. Había 248 filas de piedra hasta la cima. Shuri Anzai estaba por la mitad de ellas.

Sólo pronunciaba la única frase del musical, las palabras que, como Hikaru, había practicado una y otra vez.

"Bendita Era, por favor olvídame. He cometido un pecado tan grande que, incluso si me enterrase por toda la eternidad bajo la tierra de este hermoso país, no sería borrado... Y aún sigo cometiendo este pecado cada día. Incluso si ello significa que tenga que convertirme en las algas que son llevadas hasta la orilla..."

Como para sí misma, Hikaru terminó el resto de la frase con Shuri: "...no podría dejar de amar a Atlas."

- ¿Hikaru? -los ojos de Madoka se abrieron extrañados.

Hikaru sonrió a Madoka medio preocupada, medio avergonzada. "Es una frase del musical."

Pero justo entonces, Madoka, que había estado mirando hacia la pirámide, abrió sus ojos como en un shock. Una figura había aparecido en lo alto de la pirámide, mirando hacia abajo hacia Shuri.

Era una mujer, con un vestido de actriz como el de una diosa. Su cuerpo atrapado en el brillo lunar, parecía como si acabase de descender del cielo.

¡Anita Brussel!

Las dos mujeres pronunciaron el nombre para sí mismas.


- ¡Anita! ¡Estoy aquí! -gritó Shuri, mirando hacia arriba-. No correré más. Si quieres hacer un sacrificio de mi, adelante, hazlo. Lo he escrito todo acerca de ti y he enviado copias al Presidente de los EE.UU. y al Embajador Japonés. Ellos te cogerán.

Desde donde estaba Shuri, no podía ver la expresión facial de Anita a causa de los reflejos.

Pero podía ver que Anita sostenía alguna clase de objeto metálico y negro en su mano. Escaló unos pocos más de escalones. Entonces vio que el arma que tenía Anita era una guadaña de sembrar trigo. Así que era verdad, Anita se había vuelto loca.

Con cuidado de que Anita no se diera cuenta, Shuri metió su mano en el bolsillo de su chaqueta. Sacó una pequeña derringer lo bastante diminuta como para esconderla en su mano, y la agarró.

Una derringer con espacio para sólo dos balas. La había comprado en una pequeña tienda de antigüedades de camino a las pirámides. Quería una pistola más grande, pero por otra parte, esta pequeña arma hacía más fácil el acercarse a Anita.

En toda su vida, esta era la primera vez que intentaba usar un arma. No había más alternativa para Shuri que intentar derrotar a su oponente, si esperaba sobrevivir.

Anita empezó a mirar cómo se acercaba Shuri, como un ánimal salvaje observando a su presa.

Para ella, no importaba lo que esa chica dijo.

Por la mente de Anita se sucedían cientos de escenas de musicales. Eran todas aquellas escenas en las cuales había actuado gloriosamente.

De repente una imagen hizo que la maravillosa sensación de éxtasis en la cual había estado flotando se desmoronase. Y, desde algún tiempo después a aquel suceso, había sido asaltada por el dolor y la irritación.

Ella no sabía que el dolor le había llegado. Pero sabía que podía salvarse de su agonía para siempre con la sangre de un sacrificio humano viviente.

Con su hermosa voz, Anita Brussel dijo la frase que había estado practicando una y otra vez frente al espejo en los pocos días anteriores:

- ¡Doncella! Tráeme tu cabeza purificada.

Anita elevó la guadaña que había estado sosteniendo. Al mismo tiempo, Shuri sacó la derringer y apuntó a Anita.

Justo entonces, Shuri sentió algo feroz en Anita. Esto hizo que se detuviese por un segundo.

¡Ba-bang!

La bala de la derringer falló la cara de Anita por sólo unos pocos milímetros. La guadaña de Anita bajó y se clavó en el cuello de Shuri.

- ¡Shuri...!

Shuri sabía que alguien desde detrás había llamado su nombre, pero no pensaba que fuese real. Ni siquiera sabía que el chorro de sangre que manaba de su cuello era suyo.

- ¡Shuri!

La propietaria de la voz que la llamaba ahora la sostenía entre sus brazos. Shuri se preguntaba quién sería.

- ¡Shuri, aguanta!

Shuri se esforzó en recordar el nombre.

- ¿Hi... karu?

Pero justo entonces, cayó en el blanco vacío.

- ¡Shuriii!

Madoka y Hikaru habían subido corriendo los escalones y estaban intentando salvar a Shuri, todo mientras soportaban la fría visión de Anita Brussel.

Pero en ese instante, algo aún más increible sucedió.

Anita se levantó, con sus ojos como los de un muerto. Entonces, desde detrás de ella, ¡aparecieron tres feroces tigres!

- ¡Madoka-san!

Hikaru posó suavemente el cuerpo de Shuri sobre la escalinata de piedra, y cogió la Barettta con sus manos.

Como para detener el propio temblor de Hikaru, Madoka sostuvo las manos de Hikaru con las suyas. Entonces, con voz desesperada, dijo "Hikaru, ¿cuántas balas quedan?"


Justo en aquel momento, estaba en mitad de una teletransportación (esto es, volaba hacia otra dimensión entonces).

Había empezado a sentir miedo.

Tenían que ser los poderes especiales del clan Kasuga, que me avisaban de que Madoka y Hikaru estaban en peligro en alguna parte.

¡Haz algo! Gritó mi cuerpo.

Pero en realidad, no sabía lo que podía hacer.

Hice que la amable familia mexicana me llevase a un pueblo, y entonces fue cuando advertí que me había alejado de las ruinas de Teotihuacan.

Sentí pánico, e intenté usar la teletransportación para ir de nuevo hacia las ruinas.

Pero entonces supe que usaría todo mi poder antes de llegar a las pirámides.

No había nada que hacer salvo ir a la casa de alguien y robar un coche.

¡Eso es!

¡Es el único remedio!

Renunciando a la teletransportación, volví a la carretera.

Carretera arriba había una casa con las luces encendidas. Decidí coger prestado, o robar, un coche.

No llevaba nada conmigo salvo el portátil Mac que me había prestado Mr. Chiru Chiru Michiru. Había soltado mi bolsa con las ropas hace mucho tiempo, pero había guardado el portátil, incapaz de tirarlo porque era algo que no me pertenecía.

¡Ya sé, ofreceré cambiar el ordenador por un coche!

Justo entonces, algo se me ocurrió.

Miré al Mac de nuevo, de repente pillando una idea que podría venir de una película de ciencia ficción.


Los disparos de la Baretta resonaron una y otra vez entre las tres pirámides.

- ¡Madoka-san!

Pero los tres tigres no vacilaron ante el sonido ni un pelo. Casi como si supiesen que los disparos de Madoka hacia el aire fuesen sólo un aviso, subieron hasta una fila de piedras cercana y esperaron la oportunidad de atacar a Madoka y a Hikaru.

Anita Brussel estaba una vez más mirando a las dos mujeres con una expresión de éxtasis en su cara.

- Ah, ¿hola? -dijo-. ¿Eres Star-chan? Qué bien. A tí también te cortaré la cabeza.

Hikaru apuntó hacia Anita con sus manos todavía temblorosas.

- ¡Anita! Lo sé todo sobre tí. ¡Te gusta tener el destino de la gente en tus manos!
- ¿Qué? -dijo Anita.
- Te gusta interferir en la vida de las personas. ¡Por eso a tí te ocurrió lo mismo!
- ¿Qué?
- Tu musical fue cancelado... ¡por japoneses!
- Por qué, tú... -Anita mantuvo la guadaña alta y descendió un escalón hacia Hikaru.
- ¡Hikaru! -avisó Madoka, poniéndose detrás de su amiga.
- ¿Madoka-san?
- ¿Sí?
- Voy a... disparar.
- ¡Hikaru!
- Una persona así... no puede ser olvidada por lo que ha hecho. Por eso, voy a matarla.

Hikaru comenzó a apretar el gatillo. Pero Madoka de repente se echó hacia delante, como para abrazar a Hikaru, y puso su mano en la de Hikaru de forma que ahora las dos sostenían el gatillo.

- ¿Madoka-san?
- Hikaru... Kyosuke fue a Bosnia, y vio mucha gente asesinada. Kyosuke me dijo una vez, sólo puedes matar a la gente cuando estás loco. De otra forma, serás atormentada por lo que sentiste en el momento de apretar el gatillo... toda tu vida.
- Eso es propio de... Kasuga-senpai.
- Hikaru. Si vas a hacerlo, entonces lo haré contigo.
- ¡Madoka-san!

Pero justo entonces uno de los tigres se preparó para cazar. El tercer disparo de la pistola sonó.

- ¡Hikaru...!

Las dos mujeres intentaron esquivar el ataque del tigre. Pero el pie de Hikaru resbaló, y se precipitó escaleras abajo. Madoka siguió a Hikaru y agarró su mano, evitando que su amiga cayese hasta abajo de la pirámide.

Pero la pistola de Mónica cayó fuera del alcance de las dos chicas, y estaba sola, cayendo hasta abajo.

- ¡Madoka-san!

Anita miró a las dos mujeres. Se preparó para enjuiciarlas.


- ¡Uaaah!

Era una experiencia nueva para mí.

Kyosuke Kasuga, edad veintidós. He estado en el pasado, he estado en el futuro, he estado en muchas partes.

Pero esta era la primera vez que me metía en el Mundo de los Electrones.

Sí, estaba atrapado dentro del Mac.

Pensé en ello cuando estaba a punto de ir hacia la casa y pedir prestado un coche. Fui a la casa, pedí llamar por teléfono, y enganché el Mac. Entonces me teletransporté dentro del ordenador.

- ¡Uuaaaaaah!

Grité.

Ya no había nada más que yo pudiese hacer.

La gente que nunca ha estado dentro de un ordenador no lo sabrá (¡por supuesto!), pero el Mundo de los Electrones es otro increible mundo de pura imaginación.

Un momento, veía fuegos artificiales brillantes y muy coloridos, y al siguiente oía la música de los propios electrones.

Entonces me di cuenta de que estaba viajando a una velocidad increible.

Supe que no tenía modo de comprobar donde estaba. Así que decidí cerrar mis ojos y pensar en Madoka.

¡Quiero ver a Madoka!

¡Quiero verla!

Normalmente es muy efectivo que yo piense en las varias caras que pone... o en varios aspectos de su cuerpo.

Como si esas imágenes diesen vueltas cíclicas por mi mente, cambiando como la flor de ajisai*, de repente vi algo muy extraño enfrente de mi cara.

* De la primera novela de KOR, la querida hortensia.

¿Era una... chica de secundaria? Llevando algo parecido a un uniforme de marinero. No, no era una chica de secundaria.

Llevaba un uniforme de marinero, pero no era humano. ¡Era un pato! Y estaba pintando por todas partes.

¡Era el Pato Donald!

Entonces, en el instante siguiente, dejé el mundo de los electrones.

¡Crash!

Con un ruido increible, fui lanzado de vuelta al mundo real. Me choqué de frente contra un grueso muro.

- Aayyy...

El lugar donde estaba parecía ser la entrada a algún tipo de museo. El dibujo del Pato Donald que había visto estaba siendo mostrado en el ordenador del escritorio principal.

- ¿Dónde demonios estoy? -dije en voz alta. Mientras hablaba, advertí tres modelos en miniatura.

Parecían ser una representación de tres pirámides. Las había visto antes. Estaban en una guía de México. Parecían ser iguales que las pirámides de las ruinas de Teotihuacan.

- Así que, ¿esto es donde está la Pirámide del Sol...?

Entonces fue cuando lo ví. En uno de los modelos de pirámides (¿podría ser real?), la imagen de Madoka y Hikaru-chan, y también Anita Brussel, trataban de mantener a raya a tres tigres gigantes.

Justo entonces, con más poder del que jamás habría imaginado, comenzó a hervirme la sangre.


¡Whack! Madoka le dio una patada en la pata delantera a uno de los tigres. A su vez, ellos continuaron rodeando a Madoka y a Hikaru, viniendo de tres direcciones.

Anita seguía dando órdenes a sus tres obedientes criaturas:

- ¡Recordad, teneis que coméroslas despacio. Venid, les cortaré la cabeza para que os sea más fácil.

Elevó la guadaña de nuevo, y brilló con la luz de la luna.

Pero en ese instante, una gran ráfaga de energía la derribó, como si la luz de la luna se hubiese convertido en un gran remolino.

- ¡Gyaa!

En el mismo instante en que Hikaru y Madoka oyeron a Anita gritar, perdieron el conocimiento.


¡Anita Brussel...!

Reaparecí a mitad de camino en las escaleras de la Pirámide del Sol. Después de comprobar que Madoka y Hikaru-chan estaban a salvo, me giré hacia Anita y sus tres tigres.

Habiendo recibido toda la fuerza de mi energía, Anita estaba sentada en los escalones de piedra, mirándome como si estuviese en un shock. Sus ojos eran muy diferentes a los de una persona normal.

Incluso si no hubiese estado loca, no había tenido la intención de ocultarle el secreto de mis poderes.

¡No me importaba que lo averiguase!

La persona que fuese capaz de hacer algo semejante a Hikaru-chan... a Madoka... ¡no podía ser olvidada!

Entonces, hubo un sonido profundo, como el sonido que una serpiente haría con su garganta si pudiera.

Era un extraño sonido. El sonido de un animal a punto de cazar. Miré a los leones, tratando de adivinar cual atacaría primero.

Pero el sonido no venía de ellos.

Era Anita, la reina de Broadway, ahora un animal salvaje ella misma. Ella estaba haciendo el ruido con su garganta mientras preparaba la guadaña una vez más.

Una bailarina entrenada como ella, estaba en posición de estar lista. Ella se había convertido en la cuarta criatura salvaje contra mí.

Ella me dijo algo, y de repente me atacó.

Tardé uno o dos segundos en entender lo que me había dicho.

- You should......!

Esto es, me dio la orden "¡muere!". Pero justo mientras oía estas palabras, la energía en mi interior explotó.

Me convertí en un ser de pura luz, y disparé hacia ella. El cuerpo de Anita Brussel cayó del golpe. Fue algo bonito, como si lo estuviera representando.

La atrapé, pero ella había caído inconsciente.

Ahora le tocaba el turno a los tres tigres. Miré hacia la calle principal llamada la Calle de la Muerte.

Esos peligrosos animales necesitaban una jaula o algo así. ¿Luego a dónde debería teletransportarlos...?


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